Vida de Alquiler
En realidad nunca he encontrado un lugar al cual llamar hogar
Nunca me he quedado lo suficiente para tenerlo
Pido disculpas por no estar enamorada una vez más
pero esto no significa que no me importe
que tu corazón no esté precisamente roto.
Es solo una idea, solo una idea…
Si mi vida es de alquiler y no aprendo a comprarla,
pues, no merezco nada más de lo que tengo
Porque nada de lo que tengo es verdaderamente mío
Siempre pensé que
me encantaría vivir en el mar
Viajar por el mundo sola
y vivir de una forma más sencilla
No sé lo que pasó con ese sueño
Porque no hay nada aquí que me retenga
Es solo una idea, solo una idea…
Pero si mi vida es de alquiler y no aprendo a comprarla,
pues, no merezco nada más de lo que tengo
Porque nada de lo que tengo es verdaderamente mío
Mientras mi corazón esté blindado y no me deshaga de eso
Mientras esté tan asustada de fallar que nunca lo intente
¿Cómo podré decir que estoy viva?
Letra: If my life is for rent...Dido
Fotografia: Martin Stranka
La Voyeur
Llueve compulsivamente y Zeta acaba de entrar a su edificio. Se quita el impermeable mientras sube pesadamente por las viejas escaleras, alumbradas apenas por una pequeña bombilla cubierta de polvo al final del descanso. Se detiene frente a su puerta y tarda unos segundos en girar la llave, como si buscara demorar su entrada. Finalmente abre. Ni se molesta en levantar la correspondencia de días que hay regada por el piso. Enciende la luz y repasa con ojos cansados el salón en medio de ese silencio que parece tragarse hasta el bullicio de la calle. No puede evitar entonces que las imágenes de aquel hombre empuñando la pistola le sobrevengan como alucinaciones intermitentes, perturbadoras.
Ese día, era la misma hora pero no llovía…
Zeta sube la escalera muy de prisa. Cualquiera que viera la expresión de su rostro pensaría que alguien la aguarda en casa. Al trasponer la puerta, se abre ante ella un espacio amplio de marcado estilo Zen. Deja todo perfectamente acomodado en el perchero y el maletín sobre el escritorio. Va revisando la correspondencia en su camino a la cocina. Saca algo de pollo pre-cocido, lo coloca en una fuente de porcelana blanca, lo cubre con mantequilla y lo introduce en el microondas. Rumbo a su habitación, se va desnudando para tomar una ducha rápida. Segundos después, se viste con pantalones cortos y una camiseta de manga larga. Calza un par de pantuflas acolchadas y vuelve al salón. Se acerca al gran ventanal que cubre una de las paredes enteras y gira la manivela que abre ligeramente las persianas verticales, haciendo que esa gran superficie completamente blanca se transforme en una de líneas intercaladas transparentes por las que se puede divisar los dos últimos pisos del edificio de en frente. La luz del alumbrado público que logra colarse entre las rendijas, dibuja sombras sobre los muros que de tanto en tanto parecen agitarse por el viento. De pie junto a la mampara hace un repaso visual de las tres ventanas del penúltimo nivel, para después mirar la hora y saber que aún le quedan unos minutos.
Regresa a la cocina, coloca el pollo y algo de ensalada de patatas del día anterior en un plato. Saca una cerveza de la nevera y vuelve con todo al salón. Se acomoda en el gran sofá y finalmente enciende el telescopio de principiante que tiene apostado junto a la mesa de centro. De inmediato coge el control remoto y regula la intensidad de las luces de todo el departamento, dejándolo casi en penumbra.
Entonces mira a través del lente y ligeramente va moviendo el aparato hacia la primera ventana, la de la izquierda. Ahí divisa a la familia Monster, como ella los ha bautizado. Están todos a la mesa, esperando a que “ella” llegue a servirles. El padre, en camiseta sin mangas y exhibiendo una enorme barriga de la que parece no avergonzarse, ríe desaforadamente mirando la televisión. El hijo mayor lee una revista de cómics y la hija; vestida de fiesta; se pinta las uñas sobre la mesa mientras mastica chicle de forma exagerada. De pronto la puerta de la cocina se abre y tras un vaho de humo espeso sale “ella”, cargada con una bandeja y dos cucharas enormes de madera. La deja con esfuerzo sobre la mesa. Nadie parece notarla. “Ella” se acomoda acaloradamente un mechón de cabello mientras vuelve a la cocina. Hace el trayecto varias veces hasta llenar la mesa con una fuente de ensalada, una de arroz y otra de puré de patatas. Todo luce exquisito…- exhala Zeta mientras se separa un segundo del lente y mira su plato con desgano. Tras un breve mordisco, vuelve a la escena. Esta vez sus ojos ya se concentran solo en “ella”, quien por fin se ha sentado y en silencio observa como los demás llenan sus platos con desesperación. Zeta, como descifrándola, murmura:
Estás cansada, ¿Verdad? y nadie parece darse cuenta... Si tienes razón, tragan como animales…- “Ella” entonces mira sus manos con nostalgia y Zeta continúa - Tus manos ya no son las mismas y pensarás seguramente donde quedaron tus años de juventud- “Ella” no come, tan solo observa a su esposo, quien mastica groseramente, inclinado casi por completo sobre el plato. Zeta se separa del telescopio brevemente para mirar su reloj. Son las ocho en punto. Y como todas las noches anteriores, una luz diminuta no tarda en destellar por debajo de la mesa del comedor de los Monster. “Ella”, al sentir que vibra en su regazo, se levanta disimuladamente y cuando esta lo suficientemente lejos para no ser vista, desaparece presurosa por el pasillo. Segundos después, se asoma por la ventana del baño colocándose el móvil en la oreja. Zeta, se diría que la contempla con los labios entreabiertos al ver como una enorme sonrisa va borrando cualquier vestigio de desesperanza de su rostro. Luce radiante. Zeta entonces susurra sin despegar sus ojos de ella: Seguro te está diciendo que te echa de menos ¿Verdad? Debe ser muy comprensivo… ¿Lo verás mañana? – Nota que la mujer sonríe mucho más – Eres preciosa ¿lo sabías?
En eso, al hacer el ademán para intentar coger su lata de cerveza, Zeta cambia accidentalmente la posición del telescopio de vuelta al salón de la casa. Va a colocarlo de nuevo en posición cuando ve algo que la paraliza. El marido, aquel hombre enorme, está de pie apoyado contra la puerta del baño. Coge el telescopio y lo mueve rápidamente hacia “Ella”, quien con medio cuerpo hacia fuera, sigue hablando soñadoramente por el móvil. Zeta vuelve a fijarse en el marido, notando que se aleja hacia el dormitorio. Por los pasos fuertes y el rostro arrugado deduce que está furioso. Una vez dentro, el hombre comienza a abrir cajones, el armario, lanzando todo lo que encuentra a su paso. Está como loco. De pronto se detiene pensativo. Camina hacia la cómoda y abre una de las puertezuelas inferiores. Zeta aprieta con fuerza el telescopio al divisar lo que el hombre tiene entre las manos. Mueve la mirilla hacia el comedor, notando que el hijo yace frente al televisor con los auriculares puestos mientras que la hija, al parecer, ya se ha marchado. Comienza a inquietarse al ver como el hombre enorme, se dirige sigilosamente al baño mientras que “ella” sigue hablando con la vida en los ojos. Se levanta del sofá y tras encender todas las luces, corre bruscamente las persianas. Trata entonces de abrir la gran mampara de vidrio y es cuando nota que está bajo llave. Sin perder tiempo, le hace miles de señas a “ella” con los brazos. Agazapada contra el cristal, le grita con todas sus fuerzas pero todo es en vano. Zeta comienza a correr por todo el departamento como loca, buscando unas llaves que su prolongado encierro se ha encargado de esconder. Suda copiosamente. Está al borde de la desesperación, cuando de pronto divisa el teléfono. Ni bien lo coge, comienza a marcar torpemente. En el preciso instante que escucha la voz del 911, un disparo retumba en sus oídos. El auricular resbala de sus manos.
Aún pisando la correspondencia, Zeta deja caer el maletín y lanza las llaves sobre la credenza de entrada. La gran mampara está cubierta con las persianas totalmente cerradas y en frente de ella hay un televisor enorme. Va por una cerveza a la cocina y saca de la nevera un trozo sobrante de pizza. No se molesta en calentarlo. Se deja caer en el sofá, da un sorbo a la lata y le da al control remoto.
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