- Hoy debería invitarla al cine- murmura mientras se deja despanzurrar levemente sobre el asiento y observa a través del ventanal, su vieja bicicleta recostada en un poste.
Lleva haciendo el mismo trabajo desde hace diecinueve años, pero llevando cartas de Cuba, desde hace dos. El día que la conoció, acababan de asignarle una nueva ruta. Un barrio típico burgués en donde; al ser un total desconocido; no había niños curiosos revoloteando a su alrededor ni señoras amables ofreciéndole una limonada bien fría para combatir la sed. Deseando acabar pronto aquel aburrido turno, iba separando la correspondencia de la última hilera de casas que le quedaba, cuando una mujer de larga cabellera platinada cogida en una cola de caballo y llevando un vestido suelto de tirantes, lo detuvo en el camino.
- Perdone… ¿No tiene correspondencia para el número veintiocho?, es esa casa pequeñita de ahí, la de la cerca blanca- Le preguntó con cierta ansiedad
- A ver déjeme que lo miro- Respondió revisando la correspondencia que llevaba en la mano
- ¿Es usted nuevo verdad? – Martín asintió - ¿Y Don Raymundo?
- Se jubiló desde este mes…Lo siento, pero parece que no hay nada hoy
- Podría fijarse de nuevo, es que… estoy esperando una carta muy importante, tiene que estar a nombre de Paula Eguren
- Señora lo siento pero ésta es la única correspondencia que me queda por repartir y ninguna va dirigida a usted.
- ¿Y no podría haberse equivocado?, como no conoce la zona, tal vez la dejó en alguna otra casa- agregó la mujer mucho más nerviosa
- Suelo revisar muy bien la correspondencia antes de entregarla – replicó Martín algo fastidiado pero sin perder su amabilidad
- Perdóneme… - casi con lágrimas en los ojos- … lo siento yo no quería dudar de su trabajo pero es que… esa carta es muy importante
- Me imagino – respondió conmovido mientras le extendía un pañuelo de papel- Mire, déme el nombre de la persona que debe enviarle la carta y desde donde, así por la tarde en la central, busco entre la correspondencia no entregada.
- ¿De verdad?- Preguntó con cierta ilusión y cogiéndole entonces ambas manos le dijo- Muchas gracias… ¿Señor?
- Ramos… Martín Ramos- Respondió reparando por primera vez en aquellos ojos almendrados.
Con el trascurrir de los días y casi sin darse cuenta, las reacciones de aquella mujer, sus ojos suplicantes, sus lágrimas que no terminaban de salir nunca, esa vulnerabilidad que desprendía toda ella al no recibir las noticias que esperaba, comenzaron a afectarle de tal manera que por unas semanas, el viejo cartero se vió obligado a empezar su turno una hora más temprano para evitar encontrársela. Una tarde sin embargo, mientras pasaba por el frontis de la casa, la descubrió, con sus ojos almendrados plagados de tristeza, espiándolo por detrás de la cortina. Esa noche, mientras cenaba solo en casa, no pudo quitarse del pensamiento a aquella mujer.
Al día siguiente, saliendo del trabajo, Martín cambió su rumbo habitual una par de veces para finalmente ir a parar a una pastelería donde compró galletas y pastelitos con crema. Media hora más tarde, tras peinar repetidamente su barba cana mientras se auto convencía que era una buena idea, tocaba la puerta del número veintiocho.
- Perdone por favor mi atrevimiento…- carraspeó al ver se le apagaba la voz- Compré esto y me preguntaba si sería usted tan amable de invitarme a tomar una taza de té…
Después de varios segundos de mirarlo sin reacción, la mujer lo hizo pasar y le indicó tomar asiento en uno de los sofás del pequeño salón. Cogiendo los paquetes que el hombre había llevado, desapareció por una puerta que Martín dedujo era la cocina. Allí esperando, el hombre recorrió con la mirada cada rincón de ese salón que parecía como suspendido en el tiempo. Los muebles eran de un estilo clásico marcado, con pisos tejidos a croché sobre el final del respaldar y los brazos. Las paredes estaban cubiertas con papel decorativo beige y florecillas diminutas del mismo color granate que el de la alfombra. Sobre una pequeña credenza de pino envejecido descansaban tres marcos con fotos. En una de ellas estaba retratado un hombre en primer plano, de unos sesenta años de edad, con una cámara de fotos colgada al cuello. Detrás de él, un grupo de indígenas con sus trajes típicos completaban la escena. Al costado, había otra de ella y él, muy sonrientes. Pero fue la tercera foto la que terminó por captar toda su atención. En ella, Paula, sentada sobre una gran roca, miraba hacia una de sus manos en actitud melancólica. Estaba tan abstraído por la belleza de la imagen, que no se dió cuenta de que la mujer había regresado al salón y disponía todo sobre la mesita de centro.
- ¿Azúcar? ¿Leche?
- Eh.. – exclamó avergonzado - Solo leche gracias
Ambos aparentemente concentrados en sus tazas y aquellos pastelitos que ninguno de los dos se atrevió a tocar, cruzaron apenas unas palabras de cortesía antes de que Martín se levantara para marcharse, hora y media después. Sin embargo, a pesar del silencio, aquel viejo cartero, amante de la soledad, lejos de incomodarse, había hasta cierto punto disfrutado de la compañía de esa mujer y del ambiente hogareño que la rodeaba. Martín se siguió presentando en aquella casa todos los jueves a la misma hora y ella nunca dejó de abrirle. Poco a poco se fue entablando entre ellos una extraña conexión, plagada de silencios, los cuales eran rotos apenas por el sonido de la vajilla, o del periódico que él a veces leía mientras ella tejía, o las pequeñas conversaciones que poco a poco se hicieron más frecuentes. En una de esas conversaciones, ella había terminado por contarle la historia del hombre de la foto.
Era corresponsal de guerra en el medio oriente y durante un operativo militar había sido arrestado por las fuerzas norteamericanas por presunta conexión con Al Qaeda. Fue enviado a la prisión de Guantánamo y allí esperaba a que su caso fuera esclarecido. Hacía un año que no tenía noticias de él.
Meses después que ella le contara la historia, una mañana de esas en la que ordenaba la correspondencia en el Buenos días, Martín se topó con un sobre marrón bastante maltratado. Estaba dirigido a Paula. Fue al reparar que el remitente era una oficina gubernamental norteamericana, que sintió que un nudo en el estómago amenazaba con hacerle devolver el desayuno. Sus miedos fueron confirmados al leer la escueta carta en castellano mal traducido que había dentro. Un fajo de cartas de ella, un par de él que no habían sido enviadas, un reloj y un aro de matrimonio completaban el contenido del paquete. Se dejó caer sobre el asiento acongojado de tan solo imaginar como cambiaría el rostro de la mujer a la que apenas acababa de hacer sonreír hacia un par de semanas.
Así fue como el viejo cartero no solo se convirtió en remitente sino que también en receptor de las cartas de Paula, al ser el mismo quien se había ofrecido llevárselas al correo. Al principio, la mentira parecía atormentarle más de la cuenta pero a medida que fue dejándose envolver por la belleza de las palabras que ella le escribía a un muerto y la sonrisa que le regalaba a él cada jueves por la tarde, cualquier vestigio de culpa desapareció. Ahora, dos años después, se sabía totalmente incapaz de renunciar a cualquiera de esos dos privilegios.
Como siempre que tenía que entregarle una carta, dejó el número veintiocho para el final.– Si, ella me dijo que le gustaba el cine- Pensó mientras escuchaba que abrían la puerta
- ¿Si?- Preguntó una mujer joven que asomaba por un costado del umbral- Eh… busco a la señora… Eguren
- ¿Usted quien es?
- Soy Ma… el cartero
- Si tiene correspondencia, démela a mí
- Lo siento pero la correspondencia que traigo es personal
- Señor, mi tía falleció ayer por la noche
Se quedó sin habla. Quieto. Sintiendo que las piernas estaban a punto de fallarle. Súbitamente algo helado le subió por las orejas, extendiéndose por todo su rostro segundos después. Mientras se alejaba de esa casa, el estado de estupor se hacía enorme. Era como si su cerebro se negase de buenas a primeras a asimilar aquella realidad. Incluso, en los días que siguieron, sus ojos la buscaron por todas las rendijas de las ventanas desde donde ella solía observarle.
Con el pasar de los días, el silencio, el mismo que él antes adoraba, se hizo demasiado estridente tanto que por miedo a no poder soportarlo, ese jueves al acabar sus entregas, no se dirigió a casa. Pedaleó cerca de una hora sin rumbo fijo, por barrios aledaños. Era la primera vez que se subía en esa bicicleta sin tener un rumbo fijo. Aún no había oscurecido cuando llegó hasta el pequeño lago del condado, el cual a esas alturas del año lucía desierto. Se sentó en una de las mesas para picnic que habían cada cierto tramo y se quedó quieto observando una fila de patos que nadaba por la orilla más cercana a él. Abrió después su gran cartera y sacó uno de esos paquetes de papel blanco de la pastelería, que esta vez era mucho más pequeño. Luego cogió el termo plateado que había vuelto a cargar consigo y abriéndolo vertió un poco de té en la tapa. Comenzó a beber despacio. Era la primera vez que lloraba en muchos años.
Llegó a casa bastante tarde y tras ducharse, se sentó en la mesa del comedor, sobre la cual se podía observar, puestas en orden, una junto a la otra, las veinticuatro cartas escritas por ella y que él casi se sabía de memoria. De pronto, cogió la más antigua y con corrector líquido le cambió la fecha por la de ese día. La dobló con cuidado y la introdujo en un sobre limpio. Practicó sobre un papel varias veces la misma caligrafía para luego escribir en la parte frontal del sobre:
Sr. Martín Ramos
Calle del Corregidor N 30






Creo que la única forma de sentirme seguro es siendo un hombre de costumbres. Repitiendo la misma rutina al bañarme, al vestirme, al comer, al acostarme. No me gusta enfrentarme a la indecisión horrorosa de estar de pie frente al armario y no saber que combinar con que. Así que opté por que mis camisas fueran blancas, mis trajes marrones o gris rata y mis corbatas y zapatos negros. Llevo el mismo peinado desde que salí de la escuela, raya al medio y engominado. Supongo que me aterra el pensar en ir al barbero y que sus intentos por “modernizarme” terminen por ponerme en ridículo ante mis compañeros de trabajo. No, demasiadas presiones para alguien a quien se le afloja el estómago con tanta facilidad. Por eso, si hubiese presentido lo que iba a sucederme aquel Lunes de Febrero de 1974, seguramente no hubiera puesto un pie en la calle.






