Pronto se descubrió que era verdad, que tras varios años de lucha, había visto con los ojos y el corazón llenos de impotencia, como las páginas de su vida en común dejaban de escribirse, llenándose solo de puntos suspensivos. Miles de ellos.
Desesperada, buscó en el viejo desván una cajita dorada. La desempolvó y arrancándose el corazón, se apresuró en meterlo bajo llave – Al menos me quedan mis sueños y mis historias – se dijo a si misma ese día y muchas otras veces más pero el silencio era por momentos tan insoportable que terminó por buscar una ilusión, donde sea, con quien sea, creándose espejismos donde solo existía el desierto infértil e inmenso de lo improbable.
Sin embargo, en medio de ese re inventarse, descubrió un buen día que también esos sueños que la mantenían en pie, se habían esfumado como aquel brevísimo otoño. Miró entonces a su alrededor notando entre los árboles desnudos y blanquecinos, un enorme precipicio abierto ante ella. Oscuro, frío, interminable. Sopló un viento helado que le erizó la piel, traspasando su agujereado cuerpo y haciendo eco en su alma.
Miró con desesperación para todos lados como buscando una señal pero todo ahí parecía muerto desde hacía una eternidad. Se volvió de nuevo hacia esa nada oscura y cerró los ojos. Comenzó a temblar mientras abría los brazos y sentía clarísimo como su cuerpo estaba a punto de someterse a esa gravedad.
Iba a caer cuando alguien la cogió fuertemente de la mano. Se detuvo. Casi al instante, notó como esos dedos largos se entrelazaban entre los suyos. Al girarse, descubrió un par de ojos que la miraban con tal intensidad que fue como si en un brevísimo respiro, le devolvieran la esperanza. Tuvo miedo pero los brazos de aquella mujer terminaron por abrigarla y velaron sus sueños. Y la calidez de esos labios calló finalmente su dolor con una promesa.
Fue ese amor, el antiguo, el que creyó perdido para siempre, el que acababa de salvarla de una de sus mayores catástrofes...








