Uno de los tantos rostros del olvido

Mis ojos, impregnados de profunda nostalgia,
son testigos quietos de como te desvaneces,
lentamente, 
inevitablemente, 
como arena entre los dedos. 

De pronto, una ráfaga de viento fresco,
parece acariciarme el rostro, suspiro... 
Y sí...El dolor tarde o temprano
se transforma en una cicatriz que ya no escuece. 

Al fondo, una puerta que abrir y tras ella,
un sueño nuevo, quizás hasta dos... Ya casi llego.  
LEER MAS
Etiquetas:
 

Grand Central - 2


ZOE

            Había llegado a la gran manzana con doscientos dólares en el bolsillo, un violín viejo y un sueño: el de formar parte de la Filarmónica de Nueva York. Sin embargo, dos años después, freía hamburguesas medio tiempo en un Mac.Donalds, cerca de la Quinta Avenida y llevaba ya siete audiciones fallidas. Lo más cerca que había estado de un recital había sido en una de esas bodas o bautizos, donde la contrataban para tocar aves marías y marchas nupciales y que le permitían llegar a fin de mes de manera más digna. Rara vez había tenido la suerte de encontrarse una pareja de gustos musicales rebuscados y llegado a tocar algo de Dvorak o Rachmaninoff. 

            Aprendió pronto que Nueva York era una ciudad difícil de llevar en soledad y entonces añadió a su lista de “quieros” el encontrar a alguien que sintonizara su misma frecuencia. Tal vez así, pensaba, todo sería más fácil. En su búsqueda se sucedieron varios acompañantes, pero a la misma  velocidad con la que se habían metido en su cama, habían desaparecido, en perfecta sincronización con la vida acelerada y rutinaria de la gran metrópoli. A veces sentía miedo, de que esa frialdad que se percibía en todas las esquinas, que la acechaba como un fantasma sediento, terminara por tragársela y la devolviera convertida en una autómata más, una de esas que mezclándose con el humo que respiraba del subsuelo, marchaban por las calles o se apretujaban en el metro, sin historia, sin raíces, sin identidad.

            Era ya finales de otoño y la temperatura comenzaba a descender abruptamente. Los camiones de basura casi había arrasado con las ultimas hojas de estación y ahora los arboles lucían lánguidos y desnudos. Desamparados… tanto como yo- murmuró Zoe, mientras fumaba en el patio trasero del Mac Donalds. Lucía tremendas ojeras y el rostro desencajado. Hacía cerca de un mes, había fallado en una nueva audición. Miró su reloj e hizo una mueca de disgusto al ver que todavía quedaban un par de horas para finalizar su turno. Olió su ropa y apretó los ojos con asco, harta de ese olor a grasa que le parecía impregnaba hasta su ropa interior. Lanzó furiosa lo que le restaba del cigarrillo antes de entrar. Tras hablarle al oído un par de cosas a su compañero de turno, se quitó el delantal, cogió el bolso y su casaca de jeans y salió dando un portazo.

            El violín fue siempre su salvación en esos momentos, cuando sentía que todo su mundo parecía colapsar. El sumergirse en la música había sido su mejor antídoto contra la locura de sentirse atrapada en una vida que no quería. Sin embargo, desde ese último fracaso, no había podido volver a tocar, una especie de apatía se había apoderado de ella y cada vez que intentaba hacerlo, sus dedos parecían anquilosarse, como troncos viejos y torcidos, incapaces de deslizarse sobre las cuerdas. Volvió a intentar los viejos ejercicios de calentamiento que aprendió en sus primeros años, escuchaba por horas sus piezas favoritas, Debussy, Bach y sus prestos o los nocturnos de Chopin, esos que casi siempre terminaban erizándole la piel y despertaban en ella el impulso irrefrenable de tocar días enteros. No hubo forma, algo parecía haberse cerrado dentro de ella y con gran frustración observaba como su más grande pasión se diluía de a pocos, como una vela a punto de consumirse. Tuvo que cancelar varias bodas y demás compromisos y su bolsillo no tardó en resentirse, llegando al punto de deber ya, un mes alquiler. Los días se fueron así, volviendo más cuesta arriba, encontrándose cada vez, con menos fuerzas de hacerles frente. Quizás había comenzado a claudicar y aún no se había dado cuenta.
LEER MAS
Etiquetas:
 

Grand Central - 1


KENDRA
            Trescientos ochenta y seis días. Lo sabía porque desde que ella murió, había marcado religiosamente cada noche, como hacen los presos, una rayita en la columna de pino envejecido que decoraba la sala de su viejo loft en el Soho. Tal vez, pequeño para dos, demasiado grande para ella sola. Las paredes de ladrillo expuesto rezumaban silencio, un silencio de ultratumba que con el paso del tiempo, se le había ya incrustado en la ropa, en la piel, en la vida.

            Ni bien cruzó la puerta de su casa, dejó caer sobre el suelo, el bolso negro y los tacones. Fue directamente al baño. Se quitó la falda y la camisa de cuero con rasgos de alcohol, las medias rasgadas, la ropa interior empapada en sudor y se metió bajo el chorro de agua hirviendo. Por casi un minuto recibió el agua en la cabeza, totalmente quieta mientras el maquillaje le chorreaba dejando una huella gris que, se diluía hasta alcanzarle el pecho. Parecía una pintura dripping en blanco y negro que se descomponía lentamente hasta hacerse inelegible. Varias marcas color purpura le cruzaban la espalda. Cogió entonces la pastilla de jabón y estrujó cada centímetro de piel hasta enrojecerla. Luego, de cara al agua, tomó la hoja de afeitar y la paseó por su vientre con lentitud extrema. Como si estuviera practicando algún ritual. El agua se tiñó de rosa pálido. Lucía varios cortes, antiguos que dibujaban una red amorfa alrededor de su ombligo. Cruzándola, justo por el medio, una gran cicatriz, parecía dividirla en dos.

            Al terminar de secarse, limpió la herida reciente con un algodón empapado en alcohol. Apretó los ojos, aguantando el ardor. Una ligera mueca de placer le apareció entonces. Era recién en ese momento, que aquel animal de cloaca que se apoderaba de ella durante el día y gran parte de la noche, se daba por satisfecho y la dejaba finalmente en paz.

            Entonces se sumergía en ese aire callado que solo era interrumpido por el sonido del abridor de latas, la comida de Huz, su gata callejera, chorreando en el plato o la chapita de la botella de Peroni chocando contra el lavadero. La bolsa de papel arrugándose sobre su regazo, con su acostumbrado emparedado de jamón y pickles. Esos eran los sonidos que se repetían minuciosamente cada noche, como una sinfonía que se incrustaba lentamente en la desolación testaruda, a la que, tras muchos intentos por sacudírsela, había terminado por sucumbir, sin lograr que algo capturase su atención como para engancharse a la vida nuevamente.

            Solía quedarse así, como una bombilla apagada hasta los primeros visos de amanecer, sentada en el alfeizar de la ventana mirando la nada. A veces lloraba.  De tanto en tanto, sentía erizarse a Huz y ambas descubrían algún gato cruzando la cornisa del edificio de enfrente. Era en esos pequeños instantes, cuando volvía a tomar conciencia del mundo de afuera, para luego volver a perderse en ese dejavu de imágenes y recuerdos, que con el paso del tiempo se le iban desdibujando cada vez más y ella tenía que componerlos con acontecimientos imaginarios. Lo había hecho tanto que a esas alturas, ya no sabía que había ocurrido de verdad.
LEER MAS
Etiquetas:
 

Grand Central - Introducción



            Un frenazo rompe de improviso el silencio de una noche tranquila, el rechinar de unos neumáticos luchan por adherirse al pavimento. Cristales que revientan en mil pedazos y el sonido seco del metal destrozándose en el aire. Una voz se apaga en una súplica que nadie oye… De fondo, se escucha parte del concierto para piano número uno de Tchaikovski.  Una mujer en impecable traje negro y cabello castaño recogido, agita la batuta con ojos hinchados de pasión, marea de aplausos que retumba en una platea majestuosa y balcones vestidos en pino y seda… Personas, por millones, formando enormes cardúmenes anónimos, cruzan la ciudad frenéticamente hacia los trenes subterráneos. Sin tiempo para un respiro. Y desde las humeantes cloacas de la Gran Manzana, surge el eco de un aullido, prolongándose desgarradoramente entre besos babosos que se clavan en el alma como una daga envenenada.

Una chica larguirucha, de tez pálida y de cabellos rojos enmarañados desciende de un autobús. Mochila al hombro, lleva un estuche de violín lleno de pegatinas viejas. Mira abrumada, ese gigantesco bosque de hormigón que parece fuera tragársela en un soplido y  a pesar del miedo, lleva en el rostro, la esperanza, de quien todavía se atreve soñar.
LEER MAS
Etiquetas:
 

Sobre tormentas


Amén ...
LEER MAS
Etiquetas:
 

Tengo que confesar(te)


Tengo que confesar(te) que sí, que detrás de esa careta idiota, de aparente autosuficiencia, se esconde un corazón destruido, cuyos pedazos yacen frágilmente pegados con miles de curitas que, no impiden que el frio se cuele y azote cruelmente los escombros de algo que una vez fue hermoso.

Tengo que confesar(te) que sí, que esa sonrisa despreocupada, encierra un alarido de dolor, ahogado por las redes de las buenas costumbres, casi como un gigante al que le han arrancado los ojos y amordazado, es obligado a hacer piruetas para congraciar a la comunidad entera.

Tengo que confesar(te) que sí, que para mi vergüenza, en esa hija de puta que a veces aflora, vivió hace tiempo, alguien de un romanticismo escandalosamente cursi.

Entonces, cuando inesperadamente, una sonrisa fresca amenaza con romper esas murallas monolíticas, ella huye, muerta de miedo…

A veces,
para superar una catástrofe, es necesario fingir que nada importa…a
unque por dentro muera por abandonarse en la ilusión de un beso...


Foto: Ira Bordo
Texto: Syd708
LEER MAS
Etiquetas:
 

En cura solapada...

Tú,
corazón maltrecho,
que llevas tiempo inerte,
arropado en un vacío
inoloro, indoloro, casi albino,
en donde las caricias no te llegan,
como tampoco las estocadas mortales,

finalmente te autoexiliaste
en la cura silenciosa del tiempo...

Solo espero que,
un día despiertes hambriento
y todavía recuerdes 
como volver a querer...

LEER MAS
Etiquetas:
 

Espejismos



Entonces volvió a mirar...
 
LEER MAS
Etiquetas:
 

Dejándonos de romanticismo barato...



Una mujer...
que a contraluz,   
despierte los instintos más callados,
y con besos vivos, que no arrastran el hartazgo de la rutina,
colme una piel dolida de indiferencia...demasiado tiempo.

Una mujer...
Que con sus manos recorra todos los rincones, 
como si descubriera de pronto 
la tierra prometida
Y la locura,
brote sin vergüenza...

Y si hay suerte,
en medio de la nada,
nazca una sonrisa...

Quizás no traiga olvido,
Ni cure el dolor...
Pero volver a sentirse 
Viva,
Deseada,
Mujer,
No tiene precio.

No le regales una exclusiva inmerecida a alguien que ya no está,
Regálate a ti... algo de vida.


LEER MAS
Etiquetas:
 

Y el mundo se volvió mujer...(es)



UNA MUJER DESNUDA Y EN LO OSCURO


Una mujer desnuda y en lo oscuro

tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda

una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan

una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo

una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.

Mario Benedetti.

LEER MAS
Etiquetas:
 

Aquello que insistía en creerse...




Soy la gran soberana de mis catástrofes, intentando tragarme de a pocos este dolor descarnado, con la amargura de saber que cosecho lo que yo misma sembré. Veo los pedacitos de mi alma desperdigados a mi alrededor y no sé por dónde empezar a pegarlos. Quiero dar pelea, como hice siempre pero, este agujero negro, que se me va agrandando en el pecho, succiona mis fuerzas con un apetito atroz, me agota, me rinde,  parece que solo supiera llorar como una reverenda imbécil. Quiero gritar y solo se escucha el silencio, como una voz ahogada en el recuerdo de todo lo que hasta ayer… insistía en creerse.

Camino cuesta abajo, lo presiento, es mi hora…
de caer,
de arrastrarme en el fondo de la cloaca como un animal maldito y terminar de sangrar este corazón viejo y cansado.Y mientras emprendo nuevamente este viaje nefasto pero ineludible, solo una frase resuena en mi cabeza o quizás dos:

Como pude equivocarme tanto…
Como pudimos…

 
LEER MAS
Etiquetas: