FRAGMENTOS LITERARIOS VII

El, amor
La más mortal de todas las cosas mortales;
Te mata tanto cuando lo tienes…
Como cuando no lo tienes.

Hace sesenta y cuatro años que el presidente y el Consorcio clasificaron el amor como una enfermedad, y hace cuarenta y tres que los científicos encontraron una forma de curarlo. A todos los otros miembros de mi familia ya se les ha efectuad la intervención. Mi hermana mayor, Rachel, lleva nueve años libre de la enfermedad. Ha vivido tanto tiempo a salvo del amor que dice que ya ni siquiera se acuerda de los síntomas. Yo tengo cita para mi operación dentro de noventa y cinco días; exactamente, el 3 de septiembre. Es mi cumpleaños.
 
Pero yo sé la verdad. La conozco de las noches de frialdad. Sé que el pasado va tirar de ti hacia abajo y hacia atrás, que te va engañar como el susurro del viento y los gemidos de los árboles, que te va impulsar a descifrar lo que no entiendes, a recomponer lo que estaba roto. No hay esperanza. El pasado no es más que un lastre. Se instala en tu interior como una piedra.
 
Amor: Una sola palabra, una cosa pequeña, una palabra no mayor ni más larga que el filo de una navaja. Eso es lo que es : una cuchilla. Corta tu vida por el centro, separándolo todo en dos, haciendo que caiga a uno u a otro lado. Antes y después.
 
 
 
Fragmentos de:
Delirium (2011)
 
Autora:
Lauren Oliver
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St Anne's Park - 2


      Siempre fui una persona pegada al suelo, demasiado tal vez. Para mí, todo lo que sucedía en la vida de alguien era el resultado de patrones de comportamiento, lógicos y ordenados, que se repetían con más o menos variantes. El amor no era la excepción. Así me había sucedido siempre, hasta ese día en que la vi y toda esa lógica que dominaba mi mundo, se desplomó como un castillo de naipes.
 
      Era una tarde típica de Junio, de llovizna incomoda y en las que una no espera que suceda nada extraordinario. Caminaba contando los adoquines mojados de James Street rumbo a la tabaquería donde trabajaba por las tardes. Casi en frente de la puerta metálica enrollable, me puse a buscar en mis bolsillos, las llaves para el candado cuando un olor dulzón, a manzana y canela traspasó mi nariz como una ráfaga violenta hasta mi cerebro. Instintivamente, levanté los ojos, buscando el origen de ese aroma poco frecuente en aquella calle impregnada a madera vieja por las diferentes casas de antigüedades apostadas a ambos lados. Sobre la acera opuesta, un grupo de chicas, reían tan llamativamente, como su maquillaje, mientras observaban las estatuas griegas que exhibía Mr. Appleton en una de sus cristaleras. Ninguna sobrepasaba los veinticinco años y por la ropa de moda y bien planchada que llevaban, fácilmente deduje que venían de Blue Ryar, la zona prospera de la ciudad.
 
     Iba a darme la vuelta para abrir la tienda, cuando mis ojos se posaron en una de las muchachas que había quedado rezagada un par de metros del resto de sus amigas y cuya imagen lograba ver reflejada en la cristalera. Con aire ausente, observaba las miniaturas de cristal veneciano colorido de la tienda de Mrs. Parks. En una de sus manos, sostenía distraídamente un muffin a medio comer. A diferencia de las demás, ella vestía de forma más relajada, llevaba vaqueros rasgados, una chaqueta marrón corta y zapatillas desteñidas. Su cabello liso y castaño estaba húmedo y caía desordenadamente sobre parte de su rostro. Era la única que no llevaba paraguas y parecía no importarle. Tuve la impresión de que todo en ella fuera como un grito silencioso de libertad.
 
    
    A pesar de su “no estar” y del ceño fruncido, su rostro, lavado y sin maquillaje, estaba empapado de una dulzura natural que la acercaba. En eso, extendió los dedos, tratando de alcanzar algo pero antes de tocar el cristal se detuvo, como si acabara de despertarse. Miró en dirección a sus amigas, cerciorándose de no haber sido descubierta mientras lanzaba el muffin en una papelera cercana. Introdujo sus manos en los bolsillos y antes de reunirse con su grupo, miró nuevamente hacia la cristalera y yo descubrí los ojos más tristes que había visto alguna vez. Esos capaces de estrujar hasta el corazón más implacable en un segundo. Fue tal el impacto, que sentí como si de pronto me hubiesen vaciado los pulmones y al tratar de respirar, sintiera un agujero enorme que no era capaz de llenarlo con nada. Algo así como la desolación supongo. No me di cuenta que lloraba hasta que sentí un frío ligero bajando por mis mejillas y mis labios se cubrieron de sal.
 
     En medio de toda esa situación irracionalmente sentimental, me descubrió espiándola por la espalda. Mi cuerpo se quedó muy quieto mientras era golpeado por una lluvia creciente. Ella hundió rápidamente, los ojos en el pavimento y finalmente alcanzó a sus amigas. La seguí con la mirada hasta que el grupo dobló la esquina. Aún aturdida, como si acabara de recibir un electroshock, crucé la calle y miré a través de la cristalera, tratando de averiguar qué era lo que había llamado tanto su atención. Entre otras miniaturas, descubrí un pequeño unicornio de cristal azul. De todos los personajes mitológicos, mi favorito. El solo pensar que podríamos tener ese pequeño detalle en común me hizo inexplicablemente feliz. Y deseando con fervor beato que fuera eso lo que había despertado su interés, me quedé con los ojos fijos en aquella figura, mientras el aroma a manzana y canela me llegaba desde la papelera.
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St Anne's Park - 1

      
Sus ojos... a pesar de los años, aún inundan mis sueños, aquellos que hacen que finalmente termine pronunciando su nombre, muy bajito… Ese susurro de vida, lleva ahogado en mi almohada una eternidad, o al menos eso parece. Casi he perdido la noción del tiempo, no sé qué día es hoy ni en qué año vivo… supongo que es normal para alguien en mis condiciones....  Cuatro metros hasta la cocina. Seis hasta el balcón en donde la brisa salada de la tarde zigzaguea mi rostro y me recuerda que estoy viva, aunque a veces, muchas diría, no quisiera estarlo. Pero para mi desgracia y la del gobierno, dios me hizo cobarde.
                Esos ojos azules, húmedos y quebradizos, se quedaron colgados en mis recuerdos como una marca indeleble. A veces pienso que es una bendición poderlos recordar así, tan intensos, transparentes, tan míos… pero otras veces son como una espada ardiente que me atraviesa el corazón y lo destroza sin piedad. 

 
                Aún me odia, lo presiento, y con toda razón. Cuantas veces he pensado en buscarla y gritarle la verdad, que la amo con la misma fuerza de cuando nos ahogábamos en besos impregnados de inconsciencia, ignorantes de ese futuro sin promesas posibles que nos espiaba con cara de lobo hambriento.  Sin embargo, este destino miserable y cruel, y lo digo con una ligera sonrisa de reivindicación aunque no sirva de nada, no ha podido quitarme la única cosa que hace soportable lo insoportable: la capacidad de alterar, aunque sea en sueños, la realidad e inventar otra historia, en la que ella y yo construimos una vida en común.

       Era el otoño de 1990 en Dublín. Las hojas formaban un enorme manto color tabaco sobre aquel parquecito de St. Anne. Nuestro lugar de encuentro por meses. Mientras la esperaba con ansias desbocadas de una enamorada inexperta, solía caminar de un lado al otro para sentir el crujido de las hojas secas debajo de mis pies. Mirar esos árboles torcidos y desnudos, sombreando el cielo sobre mi cabeza y dejando que el sol se cuele de a pocos hasta calentarme los ojos. Que sensación más placentera.


                Nunca pensé que un día sin embargo, la esperaría con el alma aplastada y el aire espeso atascado en mi garganta. De pronto la vi a lo lejos, acercándose con las manos en los bolsillos y el rostro alumbrado por la única sonrisa capaz de paralizar mi mundo en un segundo. Mientras mis ojos aún vivos, registraban para la eternidad, esa imagen adorada.
                Recuerdo que sentí unas ganas incontrolables de llorar, por mí y también por ella y lo que estaba a punto de hacerle. Sin embargo, me contuve, encendí un cigarrillo y repasé cada palabra de aquel discurso que llevaba ensayado toda la semana. Esa tarde, con las manos temblorosas escondidas dentro del abrigo y la frialdad más absoluta adosada al rostro,  la dejé…  
(Continuará)

 
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EL SUEÑO DE LA GOLONDRINA (Cap 1-3 completos 4 al 40%)

Las mujeres a lo largo de la historia de la humanidad han protagonizado y siguen protagonizando un sin número de luchas. Los motivos son diversos, algunas por la felicidad, otras por sus derechos, por la libertad o inclusive por su vida. Esta historia habla principalmente de la lucha por la libertad pero también toca muchas otras y va dedicada a todas esas mujeres que lucharon y lo siguen haciendo por cambiar el status quo, encontrar su lugar en este mundo y vencer la adversidad más extrema.

En especial quiero dedicársela a alguien que está en medio de una gran batalla y lo está haciendo con una tenacidad y valentía que muchas quisiéramos tener.

Para ti MJ, todo mi cariño y admiración.

 
El sueño de la Golondrina



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Delirio número 42 (O vago intento de tomarlo con humor)


              Hace un poquito más de una semana cumplí años (que divertido seee) y cosa rara, me convencieron de celebrarlo. Ilusa yo, pensé que si me lo proponía, podría sentirme diferente. Pero pasada la adrenalina del festejo, el bajón vino igual y me dio el mismo ataque de “estupidez” que me da desde hace algunos años en estas ocasiones. Ese ataque consiste fundamentalmente, en ahogarme sin remedio en la depresión (si claro por haber perdido tu cuerpo de quinceañera) y en el chocolate, que dejo de comer los trescientos sesenta y cuatro días restantes.

                Después de varias horas de sufrimiento idiota, decidí darme un baño y tratar de recuperar algo de cordura. Al salir de la regadera,  me armé de valor y terminé por enfrentarme al espejo (di la verdad, te cagabas de miedo). Busqué decididamente alguna nueva marca que el tiempo, mi enemigo voraz (hijo de puta) hubiera decidido tatuarme en el cuerpo. Para mi asombro, no encontré ninguna (querrás decir ninguna más de las que ya conoces de memoria) y por el contrario y a pesar del chocolate engullido, me gustó lo que vi  (¿En serio?). Así que con mi autoestima aún intacta me fui  de compras con mi hermana menor para terminar de aniquilar cualquier rezago de depresión que pudiera quedarme.

                Es extraño pero, justo ese día, descubrí que las letras del shampoo las están haciendo más chiquitas, si, y no sé porque, si apenas pueden leerse (seguro para ahorrar en frascos más pequeños ¿no te jode?) y también noté que había empezado a gastar más en tinte para el cabello… claro y es que… me he vuelto más pretenciosa y quiero cambiarme el look constantemente (plop).  Después de terminar el recorrido, dí un vistazo al carrito y lo ví lleno de verduras y yogurt (bueno es verdad que siempre has comido verduras y el yogurt te encanta) galletas orgánicas, salvado de trigo, leche sin lactosa, más fruta que de costumbre y había hecho algo insospechado, había cambiado la cerveza por la cava. (Claro y ahora dirá que es porque hay que guardar la línea y no que el estómago ya no aguanta lo mismo). Seguí recorriendo los pasillos, leyendo con mayor atención las etiquetas de los productos, pues con tanto preservante quien sabe que mierda nos estarán metiendo en el cuerpo (Que aburrida por dios) Luego, me detuve  un segundo a mirar hacia el lado de los embutidos y decidí pasármelo de largo, mientras sonreía imaginando a una flaca en bikini súper bronceada en la playa. (Que no serás tú claro) Finalmente llegué a la caja, orgullosa de mi misma por haber sorteado tantas tentaciones con éxito. Mi hermana y yo reíamos despreocupadamente haciendo la cola,  y yo casi me había olvidado del síndrome post cumple cuando de pronto, ¡ZAS! La cajera saludó a mi hermanita con las palabras mágicas:

“Buenas tardes SEÑORA”

                Fue como si un rayo cayera estrepitosamente y todo el mundo guardara silencio. (Eso, viva el melodrama) Cuando me saludaban a mí de esa manera, me decía: y es que debe ser que no me ha visto bien o que hoy me he venido hecha un estropajo a comprar… pobre despistado… pero créanme, la ilusión se acaba cuando a tu hermana menor le dicen “señora” … ahí sabes ya, que no te salva nadie, ni las manos milagrosas del Dr. Pitanguy (definetely, you are drama queen)

                Aun estaba terminando de aceptar que la palabra “señorita”  ya no me pertenecía (hace rato guapa) cuando, más tarde me encontré con unas amigas para tomar café y entre las eternas y soporíferas discusiones sobre quién de los hijos es más listo, me enteré de que alguno ya tenía novia. Yo abrí los ojos de par en par y exclamé al borde de un ataque de histeria que no podía ser posible, si yo les he cambiado los pañales a esos mocosos hasta hacía poco (Si querida hace como quince años) No me había recuperado de la impresión, cuando a  una de estas “amigas” se le ocurrió la brillante idea de invitarme a que la acompañara a su próxima sesión de botox... la miré como si me hablara en chino o mejor dicho con cara de ¿en serio crees que necesito botox? (ahí va de nuevo el derroche de modestia) y antes de que todo se volviera más deprimente, decidí despedirme con besito volado para todo el mundo y salí corriendo como escapándome de una epidemia mortal.

                Mientras esperaba que el valet me trajera el coche, me quedé mirando los zapatos,  llevaba mis Converse negras… y sentí ganas de ponerme a llorar. Me aguanté con la fuerza de mis ovarios, que aún funcionan por siacaso, hasta subirme en mi 4x4 y pisé el acelerador como si creyera que así emprendería vuelo. En la primera luz en la que quedé atrapada, bajé el retrovisor para verme en el espejo: ¡Pelotuda!- comenté- yo botox… si son líneas de expresión en la frente y no arrugas como las tuyas… necesito una cerveza…(oye oye que luego dices que te sale barriga) ¡Cállate mierda!...

                Tras dar mil vueltas, terminé en el bar de a dos calles de mi casa y ni bien me senté en la barra, me pedí una Peroni heladita. Fue un alivio sentir aquel liquido divino rozar mi garganta y lentamente meterse en mi sangre, como borrándolo todo. Por mi cara, cualquiera hubiese dicho que era una alcohólica que acababa de romper la abstinencia. Estaba en pleno éxtasis con mi cerveza, cuando sentí dos palmaditas sobre el hombro. Era la Gata, una amiga de muchos años. Entre copa y copa le conté mi día post cumpleañero. Al terminar, ella me miraba como si estuviera a punto de estallar en carcajadas. Al rato, me dijo:

-          ¿Te digo un secreto?

-          ¿Cuál?

-          Mientras tu batalla contra la gravedad no empiece, estás a salvo.

                La miré entre extrañada y divertida. Ella me clarificó mejor el asunto, haciendo gestos con las manos y me señaló en orden: trasero, pechos, cara. Finalmente concluyó:

-          Con ejercicio y algunas cremitas, el tiempo te dará la suficiente tregua para que te vayas haciendo la idea. ¡Mientras tanto aprovecha!

                Hablamos de todo, recuerdos de universidad, amigos en común, travesías, amores presentes y pasados,  y entre risas y cerveza, finalmente terminé la noche con el humor cambiado y lejos de esa frivolidad extraña que parecía atacarme de vez en cuando.

                De camino a casa, me asaltó un recuerdo. Un episodio que me sucedió en mi reciente viaje a España. En Málaga para ser precisa. Caminaba tristemente por el paseo marítimo,  tenía puestos los audífonos a todo volumen, cuando me crucé con un hombre de unos cincuenta y tantos, muy bien vestido, que masculló algo que obviamente no escuché. Me quité los audífonos y le dije: ¿perdón? y el hombre con una amabilidad que yo no esperaba me repitió: “que estás guapísima niña, no te preocupes, que lo tienes todo, eso quería decirte”… recuerdo que le sonreí divertida tras darle las gracias. Supongo que exageraría si creyera que el hombre ese, supo leerme en ese momento… pero lo cierto es, que ese piropo inesperado, logró cambiarme el ánimo el resto de la estadía.

                Cuando finalmente llegué a mi departamento esa noche post cumpleañera, me detuve al espejo un buen rato. Y sonreí…porque me gustó como que quedaban los rizos despeinados, los jeans desteñidos, la casaca de cuero y las Converse negras, pero si tengo que ser sincera, me gusté más porque esa imagen, evidencia la historia que cargo sobre los hombros y que me hace ser quien soy…  y es cierto...lo tengo todo, o mejor dicho “casi" todo.  

(Felizmente nos libramos de la “estupidez” hasta el año que viene… y de tener que renovar el armario también)
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