St. Anne's Park - 10

(PRIMERO LEER LA PARTE 9 QUE HA SIDO COLGADA EL MISMO DIA)

               Me miró con compasión y fue como si cortara de un sablazo lo poco de voluntad que me quedaba.  Resbalé entonces hasta quedar sentada en el suelo, envuelta en un llanto repentino. Descubrí lo terrible que era recibir compasión del ser que yo adoraba. Es insoportable...

                Arianne intentó acercarse pero yo con el brazo en alto le indiqué que no lo hiciera. Lloré sin límites, liberando el desconsuelo de la verdad callada por tanto tiempo, que termina por reventar, destruyendo a su paso las debilitadas fibras de un corazón ingenuo y desesperado. Entre esas lágrimas que no cesaban de brotar, miré mis manos vacías, tratando de recordar una y otra vez,  el momento preciso en el que opté por abandonar la cordura para hundirme en el caos del desamor.

-          Dime que más tengo que hacer… - dije entonces con voz temblorosa- para arrancarte ese dolor que te anula al mundo y no te deja ver más allá de ti misma. ¿Debo guardar todavía alguna esperanza o debo huir en sentido contrario y olvidarme de ti de una vez por todas? - la miré encontrándome con sus ojos enrojecidos- ¿O es acaso este presentimiento que me acompaña desde que te conocí, un invento caprichoso de mi cabeza?  Yo caminé por la vida sin un propósito claro hasta que te vi.  Me enamoré de tus ojos tristes sin saber sus motivos y desde entonces no he dejado de desear… vivir en tu corazón. Regalarte sueños nuevos y victorias que te hagan más fuerte… y risas ¡Por dios!… cualquier cosa con tal de salvar esto que no se llamarlo de otra manera que verdad.  

Ella se mantuvo en silencio, soportando mi mirada hasta que finalmente hundió los ojos en el suelo.  Todo el aire  de la habitación fue insuficiente para entrar en mis pulmones y quitarme el peso que había terminado de alojarse en mi pecho. Resoplé resignada y sabiendo que ya no tenía nada más que hacer, me puse de pie con esfuerzo.

-          Aunque ahora sé que es imposible, de verdad creí que algún día podías llegar a mirarme con ilusión, que escribiríamos una nueva historia solo de las dos… si tan solo me hubieses dejado entrar, completamente y no a medias, yo hubiese hecho el resto- caminé hasta el baño y antes de entrar agregué- cuando salgas, por favor déjame la llave.


                Me di una ducha larga, durante la cual terminé de ahogar mi borrachera y mis últimas lágrimas hasta que mis ojos escocieron. No tenía ni idea de lo que iba hacer sin ella en mi vida, no quería pensar, esa noche no. Lo haría mañana. Me enfundé en el pijama y salí dispuesta a librar otra batalla con los fantasmas de mi soledad.

                Foto: Linnea Strid

 

                Mi sorpresa fue enorme cuando al salir, la encontré sentada sobre la cama. Desnuda. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta sacudirme las entrañas. No supe cómo reaccionar. Entonces ella, extendiendo su mano hacia mí, me dijo:

-          Ven… enséñame a quererte…

                La miré y en ese instante descubrí unos ojos distintos, llenos de una calidez que me traspasó, como si fueran alas de ángel abrigando mi pecho helado  y apartando cualquier sombra de tristeza, para dar finalmente paso a la ilusión de vivir algo más que un instante feliz en medio de la más implacable tormenta.  

                Me acerqué lentamente hasta sentarme sobre la cama. Apenas estuve cerca de ella, mis manos parecieron volverse de gelatina, incapaces de hacer nada más que restar inertes sobre mi regazo.  Fue ella entonces quien estiró los brazos para coger mi sudadera y despacio tirar de ella hasta quitármela.  Cuando siguió con mis pantalones, el hormigueo en mi espalda se hizo más intenso, casi como una lluvia feroz desatada sobre mi piel sin memoria. Las dos quedamos en igual de condiciones, frente a frente, mirándonos a los ojos, como nunca antes lo habíamos hecho. Ahora mismo, tampoco sé cómo explicarlo pero fue como si mi soledad se encontrara finalmente con la suya y firmaran un pacto, el  de acompañarse todo el tiempo que les regalara la vida.  

                Entonces una de sus manos se posó sobre la mía y la guió hasta uno de sus pechos. Cerré los ojos ni bien sentí la sublime tibieza de esa redondez que abarcaba toda mi palma, casi como si hubiera estado hecha a mi medida. Mis dedos fueron los primeros en recuperar el control, ávidos por descifrar todos sus misterios. Nos contemplamos varios minutos, reconociendo y registrando en la memoria,  cada pliegue, cada lunar, cada imperfección, iniciando de a pocos, una danza sentida e íntima, donde por fin éramos solo las dos, las protagonistas. Su mano sosteniéndome, su pecho en el mío, fundiéndose en un solo respiro.

                El sentimiento se tiñó de deseo contenido y mi boca buscó la suya para perderse en el vaivén de su lengua que adquiría por primera vez una fuerza que hasta ese momento me había sido esquiva. Nos revolcamos como dos ramas entrelazadas a merced de la corriente, hasta impregnarnos de nuestros olores. Sentí claramente como se colaba por mis venas y fluía hasta mezclarse con ese amor moribundo que acaba de sobrevivir bebiendo de sus besos. Mis ojos volvieron a nublarse mientras me hundía en su vientre y mis manos terminaban de enredarse entre sus cabellos con olor a hierba fresca. Lo inexplicable cobraba sentido y una extraña felicidad, una a la que no estaba acostumbrada, se apoderó de mí, al comprobar que el destino no había obrado caprichosamente, al traerla a mi vida.

                Estaba perdida en la claridad de sus ojos, cuando finalmente entré en ella. Creí que iba a desmayarme al sentir como el deseo y ese amor joven confluían hasta el punto de sentar sus primeras raíces. Cuando estalló entre mis besos, tuve la primera gran certeza de que había rasguñado su corazón lo suficiente como para trazarme un camino seguro hacia el objetivo que hacía unos minutos atrás parecía imposible: llegar a habitarlo completamente, dejando sus penas sin historia.
Foto: Perry Gallagher
 
                Esa fue la primera vez que hicimos el amor… la primera vez que supe lo afortunada que era por poder morir y renacer en los brazos de ese amor que había esperado toda la vida y por el que fui capaz de descender al mismo infierno.

 
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St. Anne's Park- 9


          Desperté confundida y sobresaltada, con la sensación de estar en un lugar extraño. Todo en frente mío lucía desenfocado y cubierto por un espeso humo plomizo, que borraba el contorno de mi visión, casi como si estuviera viendo a través de una cerradura. Apreté los ojos un momento y respiré buscando inyectarme algo de calma. Para cuando los abrí nuevamente, reconocí por fin mi habitación de techos altos y paredes blancas. Vi que aún era de día, pues se colaba algo de luz por la ventana empañada de frío y a lo lejos, pude escuchar el sonido endemoniado de los claxons en hora punta. En medio de ese barullo urbano exacerbando aún más mi angustia, me llegó entonces el sonido suave de una respiración acompasada. Sentí un alivio inmediato al comprobar que ella aún dormía junto a mí. Quise moverme pero no pude. Tenía el cuerpo agarrotado y adolorido. En el intento solté un leve quejido que alertó a Arianne. Se giró hacia mí y me miró largo rato sin decir una sola palabra. Para ella también pareció ser un descubrimiento el hallarse en mi cama a esas horas. Noté que su hematoma había crecido hasta cubrirle todo el mentón con una mancha entre violeta y verdosa. Entristecida por esa imagen, hice el esfuerzo de estirar mis dedos y acariciarle el pelo.  Un recuerdo entonces irrumpió violentamente en mi cabeza. Podría haber jurado que sentí su aliento caliente y alcoholizado en mi nuca. Comencé a temblar.

-          ¿Qué te pasa? – me preguntó asustada.

-          Tengo frío…mucho...

 Pensé que iba morirme ahí mismo mientras mi cuerpo se descontrolaba salvajemente. Ella, en un acto desesperado, se pegó a mí y me abrigó con fuerza, tratando de contener mi exaltación. Casi no podía respirar, era como si el aire se hubiera convertido en plomo líquido y que al aspirarlo, dolía inmensamente. En medio de ese ataque de pánico, Arianne comenzó a besar mi espalda, con besos cortitos, sentidos y plagados de una dulzura poco común en ella. Cerré los ojos sin poder evitar que las lágrimas se escurrieran por mis mejillas. Esas caricias fueron en ese momento, como el agua, esa que llega a un moribundo recién rescatado del desierto más implacable, después de haber estado perdido durante semanas. A salvo, en brazos de la única persona capaz de apartar mis miedos y apaciguar mi rencor, fui abandonándome, nuevamente,  a esa terca e ingenua creencia mía de que todo con ella era posible.
 

-          Voy a hacer café, quédate aquí – me susurró mientras se levantaba.

                Me acomodé segura bajo las sábanas y cerré los ojos. Casi me había quedado dormida cuando escuché un grito desgarrador que provenía de la cocina. Iba a bajarme de la cama cuando, a lo lejos, logré escuchar al locutor de noticias del telediario de las seis, narrar los detalles  de mi crimen.

 ...

                Acompañarla en su luto supuso resistir más allá de lo imaginable, resistir a la convivencia con ese dolor, palpar sus llagas en silencio, entre incendios de rencor, culpa y mucha impotencia.  Castigo que consideré más que apropiado por haberme convertido en la verdugo de su verdugo, lo que me hacía también culpable de su tremenda desdicha. Pasar con ella ese trance, supuso también esperar pacientemente en un rincón; a que un día;  a través de esas lágrimas que le cegaban los ojos y el corazón, por fin pudiera verme.

                Y con esa esperanza como único sostén,  permanecí a su lado, mientras ella yacía como extraviada, encerrada en sus recuerdos y tan ajena a mí  hasta el punto de dolerme.  

               Fue cuando apareció el miedo a que la sombra de ese animal no dejara de acecharnos nunca,  que las noches se tornaron más borrosas y oscuras, en donde la impaciencia hacía presa de todo a su paso y los gatos negros de ojos brillantes parecían inundar las calles. Comencé a sufrir delirios de persecución, cegueras momentáneas, fiebres y falta de apetito. Poco a poco fui perdiendo la batalla contra el frío horroroso de una soledad que se acoplaba a mi piel hasta fundirse con ella. Ese desamparo absoluto en el que empecé a hundirme, me empujó varias noches de desesperación a la calle Redford, a comprar un abrazo, caricias de mentira y el calor de un cuerpo, que imaginaba fuera el suyo, estremeciéndose por mí.  Aunque al final, pasado el efecto, las sombras siempre terminaban por atraparme  nuevamente, haciéndome tropezar varias veces durante el camino a esa casa en donde la mujer de mi vida me esperaba con el corazón inservible.  

                Una noche, una de esas donde la soledad duele más de la cuenta, la paciencia finalmente se me agotó.

                Llevaba como un litro de vodka en la sangre cuando llegué a la puerta del edificio. La luz encendida del salón que traslucía por las cortinas me advirtieron de su presencia. -Hoy no- pensé- no voy a poder resistirlo- me dije mientras apretaba los puños contra la pared, como buscando algo de coraje en algún rincón de mi cuerpo intoxicado.

                 Subí pesadamente la escalera tratando de alargarla más de la cuenta. Por un momento pensé en correr pero estaba demasiado alcoholizada para escapar. Finalmente abrí la puerta y al hacerlo, pude ver que enjuagaba sus ojos rápidamente antes de mirarme y forzar una sonrisa.

                Como la odiaba cuando no podía ocultar el esfuerzo que le suponía mostrarse bien ante mí. Sentí que la rabia me subía a la cabeza, avivada aun más por el alcohol de esa otra maldita noche de amor comprado.

-          ¿Quieres cenar? – me preguntó levantándose con intención de ir a la cocina.

-          Quiero que me quieras
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St. Anne's Park- 8


              Lo encontré sentado al piano con mirada lánguida mientras jugueteaba con las teclas. Además de canalla, era dolorosamente guapo. El cabello despeinado justo lo necesario y un bronceado en estudiado contraste con su barba emergente, le daban un aspecto de rebelde sin causa, que junto a ese aire melancólico, era perfecto para engatusar a una platea femenina, sensible y ávida de aventuras. Sin embargo, apenas crucé miradas con él, pude darme cuenta de la lascivia que emanaba de sus ojos desvelados.

                No fue difícil seducirlo y convencerlo en salir a dar una vuelta en el coche.  Tras media hora de demostraciones de destreza al volante y caricias atrevidas de su parte, nos detuvimos en una zona de parqueo desierta, al borde de la M14, cercada de matorrales y robles viejos. De pronto, en un breve momento de lucidez, me vi ahí, a punto de ser devorada por esa fiera hambrienta y me asusté. Quise huir pero él me lo impidió, arrastrándome con violencia nuevamente dentro del coche.  Apenas me besó, todo mi entorno pareció nublarse. Tuve la sensación que me desprendía y flotaba hacia arriba, hasta anclarme al techo, desde donde podía contemplar la escena que se desarrollaba a mis pies. De forma casi mecánica; como si de una marioneta se tratase; comencé a mover los hilos invisibles de ese cuerpo, mi cuerpo, desprovisto de alma. Mientras él se movía como un salvaje encima de mí,  yo me concentré en barrer su piel con mis dedos, con el único objetivo de recoger cada una de las caricias que ella le había regalado, para guardarlas después en el bolsillo de mis sueños hasta el día en que pudieran salir llevando mi nombre. Recuerdo que pensé que con ello lograba limpiar la memoria de Arianne, aunque ahora; con la lucidez que dan los años;  puedo confesar que, más bien fue el premio que me inventé para poder soportar la visión de verme cubierta de mierda hasta las orejas.

                Al terminar de vaciarse, se durmió totalmente exhausto sobre el asiento del piloto. Mi otro yo, aún de espectador, observó cómo me incorporaba y recogía mis piernas mientras lo quedaba mirando. Su aliento a alcohol y a sexo, al mío, que bien podía ser el de ella, me hicieron bajarme violentamente del coche. Al hacerlo, un hilillo de líquido caliente me chorreó por la entrepierna. Las nauseas me sobrepasaban mientras me vestía con el aire frío azotándome la espalda. Cogí entonces mi bolso y saqué una pequeña manguera transparente, una de las que usaba para construir mis sistemas de riego por goteo. La  única cosa que había encontrado en casa lo suficientemente larga y resistente para lograr mis propósitos. Sin embargo al ir a abrir la puerta, sentí que me bajaba la presión y tuve que hacer fuerzas en las piernas para no caer.

                Respiré profundamente, tratando de que el aire limpio llenara hasta el último rincón de mis pulmones.  Hundí los ojos en el suelo, derrotada. Tuve que apretarlos para contener mis lágrimas, a la vez que revivía, ya de vuelta en mi cuerpo, esos besos babosos, sus manos toscas reventando las costuras de mi trusa y toda su humanidad moviéndose dentro mío hasta dolerme. Me mordí una  mano para no gritar. Entonces, recordé sus ojos inundados de tristeza y una frase retumbó en mis oídos: No puedo evitarlo… lo siento…   

                Casi de forma mecánica, fui hasta la parte de atrás del coche y abrí el maletero. Examiné el contenido con frustración. Aparte de la gata y la llave de ruedas, solo había una galonera vacía.  Recordé entonces la manguera escondida en mi bolso.

                Para cuando el líquido palo rosa, comenzó a fluir hacia el recipiente, había ya recuperado el aliento. Lo llené a tope. Volví a coche y me cercioré de haber recogido todas mis cosas. Rocié el  interior con el combustible, incluido a él, como si fuera parte de la carrocería. Le prendí fuego y me alejé. Creo que gritó. No estoy segura. Cien metros más allá escuché una explosión y luego un gran resplandor que aclaró unos segundos, el inmenso camino que se me abría por delante. Nunca me volví.

   
              Hice todo el trayecto de vuelta a pie. Cuando divisé mi edificio, había comenzado a amanecer. Todo a mi alrededor era confuso, aparecía difuminado, como formando una aureola gris y moviéndose en otro tiempo. Tenía los huesos entumecidos por el frío y la cabeza me pesaba de cansancio.  Entré en casa y divisé a Arianne en mi cama. Aún seguía bajo los efectos del somnífero. Entonces me encerré en el baño y me detuve frente al espejo. Las imágenes por fin parecieron aclararse. Me miré un buen rato,  notando como mi rostro lucía tosco e inexpresivo, como la de un cadáver sin voluntad. Tenía los ojos inyectados pero mi respiración era calma, casi imperceptible. Me horroricé al no reconocerme. Acababa de asesinar a un hombre y por mucho que hurgué esa noche, no pude hallar ni el más mínimo rastro de remordimiento.  
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St. Anne's Park - 7


              Me quedé inmóvil en esa banca hasta que oscureció y los vigilantes del parque me avisaron que estaban por cerrar. Deambulé no sé exactamente cuánto, sin un destino claro y con la realidad nublada. Era como si mi cuerpo se moviese solo, sin voluntad. Estar con Arianne, había sido como andar todo el tiempo al borde de un precipicio, consciente del vacío que podía alcanzarme en cualquier momento. Ahora ella me había lanzado a ese vacío con apenas un atisbo de remordimiento. Deambulaba por esas calles oscuras y frías de un Dublín que no llegaba a reconocer, esperando  que mi cuerpo tocara fondo y se destrozara de dolor.

                Presa de una tonta ilusión, durante la semana siguiente, no dejé de ir al parque, siempre a la misma hora, con la esperanza de que hubiera recapacitado. Pero ella no apareció.  Durante esos días, mi cabeza se vio inundada de visiones, que se sucedían una tras otra, con violencia. Arianne debajo de él, entregándose como una perra en celo, sin límites ni recatos. Él, ultrajando su cuerpo desnudo sin piedad, con sus manos toscas, ásperas, bebiendo de sus entrañas, dormitando en su piel, sintiendo su respiración haciendo eco en sus oídos. Ella saciando una y otra vez su lujuria hasta agotarlo, como una más de las mujeres con las que la había suplantado infinidad de veces. Y mientras tanto, ella le entregaría su amor, ese por el que yo seguiría retorciéndome en el abismo de la desolación. Decidió cambiarme por un verso pasajero, que ella se empecinaba en creer que era otra cosa.  

                Exhausta por un día más lidiando con los demonios que me carcomían el alma, me acosté finalmente en la cama, que a pesar de no ser muy grande, hacía tiempo que se me había hecho interminable. Creo que esa noche conocí la cara más clara de la soledad, ese reptil que se desliza por entre las sábanas dejando a su paso, un rastro viscoso negro que va cubriéndolo todo, hasta alcanzar mi cuerpo, filtrándose por mis poros y congelando mis huesos hasta no dejar ni un centímetro de piel sin dolor.

                En medio de mi guerra privada por sobrevivir, oí que llamaban a la puerta. Grité que me dejaran en paz y escondí la cabeza debajo de la almohada. Sin embargo los golpes no cesaron, volví a gritar con más fuerza hasta que finalmente se hizo el silencio. En eso, un grito ahogado se dejó escuchar desde la calle. Me senté en la cama, agudizando el oído y cuando estaba casi segura que había sido una de esas alucinaciones mías, su voz me llegó al alma.

                Me levanté de un salto y corrí a abrir. La encontré con la falda desgarrada y la blusa cubierta de lodo. Le faltaba un zapato y tenía el labio partido, sobre el cual se había formado una masa viscosa y negra de sangre reseca. La miré sin hacer nada. La furia almacenada, había raptado mis palabras y mi voluntad. Arianne se echó a llorar en mis brazos.

                La hice pasar, la senté al pie de la cama. Fui por una toalla y una jarra de agua y  se los entregué. Entre sollozos, comenzó a limpiarse el rostro.  Tomé distancia y clavé los ojos al suelo, tratando de amarrar como podía cualquier vestigio de compasión.

-        ¿Podrías abrazarme? – susurró- por favor…

                Apreté los ojos todo lo que pude y me esforcé por contener a mi corazón idiota, que estaba a punto de sucumbir. Arianne entonces se abalanzó hasta quedar abrazada a mis piernas y siguió arrojándome sus lágrimas. Quise gritar, quise huir despavorida para así olvidarla y dejar de ser la imbécil del cuento, esa a la que se recurre cuando no se tiene una mejor opción. Pero el sentirla tan desamparada y frágil, como un ciervo asustado en medio de un gran campo de caza, finalmente terminó por doblegarme y aparqué por un momento, el temporal espantoso de rencor y dolor que ella había desatado en mi.  Me arrodillé delante de ella y lentamente le limpié el labio partido. Para ese momento, se le había ya formado una  sombra morada alrededor.







                Supe que, al llegar más temprano a una de sus citas pactadas en el Caledonian, uno de los hoteles más lujosos de Blue Ryar, había sorprendido a su verdugo en la cama con dos meretrices de alto vuelo. Al reclamarle, él le había dejado en claro lo efímero de su relación y había terminado por invitarla a unirse al grupo. Arianne, al parecer habría perdido el control y se había abalanzado primero contra las mujeres para luego agredirlo a él. Este le respondió con un bofetón que le cruzó la cara, lanzándola al piso. Luego, la echó de su habitación, acabando así, salvajemente con sus ilusiones. Mientras me relataba su historia, me mantuve muy quieta a pesar de que por dentro el salvaje temporal se había desatado nuevamente.

                Tras llorar por un buen rato, volvió a abrazarme. Fue uno de esos abrazos que erizan pero a la vez duelen terriblemente. Lo mismo que las palabras que me dijo a continuación:

-        No voy a dejarte nunca. Te necesito tanto…

                Tuve claro, que se trataba de una de esas promesas que hace aquellos que ya no tienen nada que perder y se aferran al único madero flotando para no ahogarse. Sin embargo, al sentirla tan cerca de mí otra vez, ya no me importó. Una vez más preferí apostar a una vida junto a ella, que su ausencia. Y para ello debía asegurarme primero, que nadie volviera a arrebatarme lo que ya sentía mío por derecho.

                Después de verificar que el Bromazepan había hecho su efecto y estaba profundamente dormida, fui hacia el armario y con mis prendas, busqué armar el atuendo más provocativo posible.
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St. Anne's Park - 6


                 Fueron los dos años más felices pero también, los más espantosos de mi vida. Los que me dejarían la marca imborrable del amor pero también durante los cuales me topé cara a cara, con el más cruel de mis demonios. Fue cuando aprendí que hasta el amor tenía un precio y que la mayoría de las veces suele ser impensablemente alto.

                Supe desde ese día en el que decidió quedarse, que el viaje hacia su corazón sería lento y debía ser recorrido con sumo cuidado, ya que el camino que ella misma me había mostrado, estaba lleno de remiendos cuyas costuras, supuse, no eran de fiar. Durante los primeros meses, me limité a compartir con Arianne, tranquilos paseos de tarde. Solíamos merendar y conversar largas horas en uno de los rincones más privados de St Anne. Se trataba de una vieja banca detrás del pequeño almacén de jardinería que, rodeada de frondosos y enmarañados robles, ofrecía una vista casi privada al pequeño estanque de los patos. Se convirtió en nuestro refugio, a salvo de las miradas furtivas de los paseantes, mientras el sol caía en frente de nosotras. Fue durante ese tiempo que supe de sus ganas de ser periodista.

        Me encantaría viajar y entender de culturas lejanas, hablarle de ellas al resto de nosotros. A veces siento que vivimos rodeados de tanta ignorancia - me dijo.

        ¿Y por qué no lo haces?

        Mis padres… no están de acuerdo.

        ¿Segura que es esa la razón?- inquirí.

                Me miró como avergonzada antes de contestar.

        Yo soy la típica palomilla de ventana. Digo muchas cosas pero me limito a mirar la vida desde la distancia, sin atreverme a hacer nada que no esté dentro de lo considerado políticamente correcto para una “Señorita de Blue Ryar”. ¿Ya ves? Qué bien me educaron mis padres – Guardó silencio pensativa un instante antes de continuar- Supongo que el venir de una familia acomodada, te adormece, no tienes necesidades que te empujen a buscarte la vida. Es muy fácil acomodarse ¿Sabes?... además heredé los miedos de mi madre.

        Hay mucha gente que se busca la vida y se conforma con lo primero que encuentra. Si te contara la cantidad de gente que conozco que odia sus trabajos por ejemplo pero no hacen nada por cambiarlos… pero creo que en ti la cosa todavía es reversible- le dije con una leve sonrisa al final.

        ¿Así? – contestó- ¿crees que podría llegar a ser periodista?

                Me incliné hacia ella y le acaricié el cabello. Tuve muchas ganas de besarla pero me aguanté.

        Yo creo que puedes ser lo que tú quieras. Solo te falta un empujoncito.

                Arianne me sonrió con ternura mientras me cogía de la mano y terminábamos de contemplar otro atardecer más en Dublín.

                Semanas después, las meriendas comenzaron a salpicarse de caricias y besos que me las ingeniaba para robarle. Como me gustaba besarla. Podía hacerlo por horas, hasta que los labios se me cayeran a pedazos. Era como si, con cada beso una partecita más de ella pasara a pertenecerme  y esa sensación de posesión creciente, no tardó en despertar en mi algo más fuerte que la ternura. Arianne, consciente de ello, me apartaba suavemente y era en esos momentos infames donde descubría en la profundidad de sus ojos; que gran parte de ella, se encontraba aún perdida en recuerdos que no me pertenecían.

                Sentí entonces como la sombra de aquel fantasma, comenzó a cercarme, tanto que creí percibir varias veces, su aliento caliente en mi nuca. Inmediatamente volteaba y buscaba a aquella fiera al acecho entre los robles viejos del parque. Si, era él, su maldito verdugo, él que me la arrebataba y me impedía reposar segura en su corazón remendado.

                El ser consciente de esa presencia tácita, comenzó a afectarme.  De la misma manera, como si me administraran arsénico y fuera envenenándome lentamente. Podía sentir el veneno caliente mezclándose con mi sangre, haciendo que mi pasión se tornase obscura, densa, irrespirable. Fui anidando, además de mi amor por ella, un odio primitivo, creciente. Un odio que sin darme cuenta, me arrastraba, volvía mis caricias rudas y mis besos dolorosos, como si, aparte de hacerle el amor, herirla también se estuviera convirtiendo en una imperiosa necesidad.

                Me haces daño – me decía entonces y yo regresaba a la realidad. La quedaba mirando en silencio, aterrada por toda esa tormenta de sentimientos encontrados que despertaba en mí y que me estaban arrastrando por los rincones más asquerosos de mi alma. Sin embargo, Arianne lograba todas las veces, apaciguar mis dudas y devolverme, si bien momentáneamente, al sendero de la ternura y del calor. Yo dejaba así, de hurgar sombras en sus ojos, prefería no saber y abandonarme, aunque fuera de mentira, a ese abrazo protector. Ambas lo necesitábamos. Fue por esa época, que descubrí lo solas que estábamos.

                Habían pasado casi ocho meses de ese constante lidiar con su corazón compartido, cuando una tarde, la fiera apareció. Por lo general yo llegaba antes que ella a nuestras citas. Pero ese día, Arianne me esperaba, sentada en nuestra banca, con la cabeza hundida entre sus manos y su cuerpo aparecía como aplastado por una roca inmensa. El aire me pareció impregnado de un olor a madera chamusqueada. Asfixiante. Cuando me miró, lo supe. No estaba preparada para ese rostro lleno de remordimiento. Tuve que obligarme a completar los pocos pasos que me separaban de ella. Me senté y evité mirarla, esperando entre un sudor frío que me bajaba por la espina dorsal, mi sentencia.

-          Quiere verme. Está en la ciudad desde ayer… - me dijo con voz trémula.

                Guardé un segundo de silencio. Un silencio que me atravesó como una brasa ardiente.

-          No puedo evitarlo… lo siento- agregó finalmente.

                Cerré los ojos y mis dientes rechinaron por la presión de mi mordida. Esta vez no reprimí el grito furioso que había ahogado en mi garganta todas las veces que ella se me había perdido en esos recuerdos ajenos. Arianne trató de calmarme pero no dejé que me tocara. Con la rabia transformada en lágrimas que me chorreaban hasta el cuello, la miré. Todo lucía como envuelto en una gran mancha gris rata.

-          ¿Cómo puedes creerle todavía?

-          Como te creí a ti…

-          Pero él no te quiere como yo ¡maldita sea!

                Me acerqué y traté de besarla. Ella se resistió y yo la forcé hasta que nos encontramos cara a cara. Entonces vi dibujado en su rostro, la sombra de una remota esperanza que él le había vuelto a despertar y a la que había decidido aferrarse. Reconocí en ella, mis propios sueños. No pude decirle nada más y la solté derrotada. Arianne esperó unos segundos y acarició mi mano helada. No me dijo nada más y simplemente se marchó. Una vez más.
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Intermedio Poético



Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

 
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.


En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mí pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.


Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente afrente.

 
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.


Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
 
Texto: Antonio Cerneda "Donde Habite el Olvido"
Imagen: Yuriko Takagi
 
 
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